Vanidad y Amor Propio

Vanidad, diría yo, es una de nuestros rasgos más evidentes. Pensarlo conduce a valorar otras ideas, por ejemplo, en su relación con el amor propio. En una definición básica y fruto de mi limitada experiencia pienso que el amor propio es la condición sine qua non de la existencia y del encuentro con el sentido. Así lo creo porque el amor propio es un acto de auto reconocimiento, esto es, un acto en el que desde nuestra psicología decidimos crear una imagen de nosotros mismos, de lo que creemos ser, siempre especulando porque jamás acabaremos de saberlo. Así, amor propio es la consciencia de que contamos con nosotros mismos.

Por otra parte está la vanidad que juzgo como uno de los rasgos más evidentes en las mujeres y hombres de nuestros tiempos. Pero debo confesar que, quizás, por ser hijo de estos tiempos, es en estos tiempos donde lo percibo con más claridad y donde logro apreciar que las vidas se estructuran sobre el deseo incontenible del aplauso. El problema fundamental es que amor propio y vanidad son fuerzas opuestas, no complementarias. Mucho me temo que el deseo de aplauso –hijo indiscutible de la vanidad– surge precisamente de la imposibilidad de amarnos y de reconocernos, en otras palabras, de la imposibilidad de darnos un valor desde nosotros mismos.

Tristemente, lo confieso, creo que tal dilema no surge como una suerte de patología individual –porque creo que es patológico–, se trata de una patología colectiva. En un mundo donde permanentemente se habla de reconocimientos –cuando otorga premios, cuando cultiva los ascensos, cuando recompensa los actos, cuando subimos a la tarima para esperar los aplausos– no habría mucho más que hacer que jugar el mismo juego. En ese ejercicio hemos encontrado mecanismos de valorización más no de valoración –que entiendo como algo más hondo y, por cualitativo, incuantificable–: profesiones prestigiosas, títulos académicos, condecoraciones, autos exclusivos y mansiones han logrado dar valor al valor de las personas, en ese sentido, el orden de importancia se ha mercantilizado y en una acepción acertadamente empleada y sugerida por Erich Fromm somos lo que tenemos. Diría yo, valemos lo que tenemos.

Aún así, por fortuna continúan existiendo opciones. Partir de la esperanza de que el cambio inicia en nosotros mismos es fundamental para resistirnos a ese imponente mundo. Creer que es posible construir universos en donde el valor y la mercantilización no están asociados creo que es un asunto de decisión personal. Es precisamente allí donde radica la esperanza: en la decisión, en la voluntad que por cualquier motivo emerge en nosotros como por arte de magia pero también por arte de nuestra propia historia, de nuestros anhelos y del horizonte que hemos decidido dibujar ante nuestros ojos.

VN:F [1.8.7_1070]
Te gusta? Vota por este texto.
Rating: 10.0/10 (2 votes cast)
Vanidad y Amor Propio10.0102

No hay comentarios.

Comentar

XHTML– Etiquetas permitidas: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>

«
»